CAPÍTULO 5. GUÍA PARA EL TRATAMIENTO PREVENTIVO DE LA ISQUEMIA CEREBRAL .
B. Fuentes, E. Díez Tejedor, A. Gil Núñez, A. Gil Peralta y J. Matías Guiu; por el comité ad hoc del Grupo de Estudio de Enfermedades Cerebrovasculares de la SEN
Las enfermedades cerebrovasculares constituyen la primera causa de mortalidad en mujeres y la segunda en varones en España (1) y representan el mayor motivo de incapacidad, ya que hasta el 90% de los pacientes sufren secuelas, que en el 30% de los casos inhabilitan al individuo para realizar las actividades cotidianas. Por ello, es de gran importancia disminuir su incidencia en el ámbito de la prevención primaria, reconociendo y actuando sobre los factores de riesgo vascular en la población general, principalmente la hipertensión arterial (HTA). La prevención secundaria está encaminada a evitar las recurrencias en pacientes que ya han sufrido algún episodio, pero también debe tenerse en cuenta que tras el ictus existe un riesgo vascular muy elevado, con un gran riesgo de infarto de miocardio y muerte vascular, por lo que tienen que considerarse también medidas destinadas a reducir el riesgo vascular global en estos pacientes (2).
Prevención primaria
La prevención primaria está orientada a la actuación sobre los factores de riesgo vascular modificables o potencialmente modificables (3-6) (Tablas 1 y 2). Se recurre al uso de fármacos, como antihipertensivos, especialmente aquellos que bloquean el sistema renina-angiotensina con inhibidores de la enzima conversora de la angiotensina (IECA), antagonistas del receptor de la angiotensina II (ARA II) y diuréticos, pues un tratamiento adecuado y controlado reduce el riesgo de ictus; y con anticoagulantes, que han demostrado una eficacia indiscutible en los ictus de origen cardioembólico. El papel de los antiagregantes plaquetarios en la prevención primaria del ictus es una cuestión controvertida. En los varones no se obtienen beneficios en la reducción de ictus, aunque sí en la de infarto de miocardio, mientras que los últimos datos en mujeres señalan el efecto opuesto, es decir, una reducción del riesgo de ictus, sin efecto sobre el riesgo de cardiopatía isquémica, aunque con un significativo incremento del riesgo de hemorragias digestivas que requieren transfusión.